La fecha
1870. México salía de diez años de guerras. Un hombre que había peleado en todas ellas convocó en la Ciudad de México las primeras veladas literarias del Liceo Hidalgo. Lo que siguió fue la fundación de la literatura nacional: novelas, revistas, una generación entera de escritores que aprendieron a pensar México en su propio idioma.
El lugar
Tixtla, Guerrero, 1834. Ignacio Manuel Altamirano nació en un pueblo indígena de la Montaña, de padres nahuahablantes. No aprendió español hasta los catorce años, cuando su padre — elegido presidente municipal — consiguió que una beca lo llevara al Instituto Literario de Toluca. De ese pueblo y ese idioma salió hacia el mundo: estudió con Ignacio Ramírez «El Nigromante», peleó en dos guerras, construyó la literatura nacional y murió representando a México como cónsul en San Remo, Italia. La distancia entre Tixtla y San Remo, en el siglo XIX, es casi imposible de imaginar. Altamirano la recorrió entera.
La literatura es el instrumento más poderoso para despertar el amor a la patria.
Los hechos
Altamirano combatió bajo las órdenes de Ignacio Comonfort durante la Guerra de Reforma (1857–1860) y más tarde en la resistencia contra el Imperio de Maximiliano (1862–1867). Terminadas las guerras, dedicó el resto de su vida a construir lo que México no tenía: una cultura nacional propia, no una imitación de Europa.
Fundó el Liceo Hidalgo y presidió las veladas literarias que formaron a toda una generación: Manuel Gutiérrez Nájera, Guillermo Prieto, Justo Sierra pasaron por su órbita. Fundó la revista El Renacimiento (1869), que fue el primer esfuerzo sistemático de crear una literatura mexicana con identidad propia. Escribió El Zarco, Clemencia y Navidad en las montañas — novelas que aún permanecen en los planes de estudio. Fue periodista, maestro, político y diplomático. Murió en Italia en 1893, en pleno ejercicio de su cargo consular.
El legado
Sus novelas permanecen en los planes de estudio. El Liceo Hidalgo fue la incubadora de la generación literaria que vino después de él. Pero su legado más profundo es el que no se puede cuantificar: demostró, con su propia vida, que la nación podía pensarse a sí misma desde sus raíces más hondas. El hombre que no habló español hasta los catorce años se convirtió en quien más hizo por darle a ese idioma una literatura propia y mexicana.
Por qué nadie lo conoce
Su nombre aparece en calles, escuelas y municipios de todo México. Casi nadie que lo lleva sabe quién fue. Sabemos que escribió novelas; no sabemos que peleó en dos guerras. Sabemos el título de sus libros; no sabemos que era nahuahablante nativo y no aprendió español hasta los catorce años. Lo recordamos como figura cultural decorativa. No lo recordamos como lo que fue: un niño indígena de Guerrero que cruzó el mundo entero para volverse el padre de la literatura de su país.