La fecha
1805. Andrés Manuel del Río llevaba cuatro años convencido de haber encontrado un elemento químico nuevo — lo había aislado de un mineral de plomo pardo traído de las minas de Zimapán, Hidalgo, y lo había bautizado «eritronio» porque sus sales se volvían rojas al calentarse con ácido. Envió muestras a París para que la comunidad científica europea confirmara el hallazgo, como exigía el método de la época. El químico francés Hippolyte Collet-Descotils le respondió que no había nada nuevo: solo cromo impuro. Del Río, sin medios para insistir desde México, se retractó en público. Había tenido razón. El mundo tardaría treinta años en saberlo.
El lugar
Nació en Madrid en 1764. Estudió química, mineralogía y metalurgia en las mejores escuelas de Europa: en París con Antoine Lavoisier, considerado el padre de la química moderna, y en la Academia de Minas de Freiberg, en Alemania, con Abraham Gottlob Werner. En 1794, la corona española lo envió a la Ciudad de México a fundar la cátedra de mineralogía del recién creado Real Seminario de Minería. Tenía treinta años y ya era uno de los científicos mejor formados del imperio. Nunca volvió a vivir en España.
Los hechos
En 1801, analizando muestras de un mineral gris conocido como «plomo pardo», Del Río notó algo extraño: al calentarse con ácidos, las sales del mineral cambiaban de color — de blanco a amarillo, de amarillo a rojo intenso. Ningún elemento conocido se comportaba así. Lo estudió durante meses y concluyó que había descubierto un metal nuevo. Lo llamó «eritronio», del griego erythrós, rojo.
Mandó muestras a Europa para su verificación, tal como correspondía. Fue entonces cuando Collet-Descotils, en París, lo descartó como cromo impuro — y Del Río, respetuoso de la autoridad científica europea y sin forma de defender su hallazgo a distancia, retiró su propio descubrimiento de la literatura científica. El «eritronio» quedó como una nota al margen de la historia de la química, y las muestras originales se quedaron guardadas en México.
La reivindicación tardía
En 1830, el químico sueco Nils Gabriel Sefström encontró el mismo elemento en mineral de hierro de Suecia. Lo llamó «vanadio», en honor a Vanadis, diosa nórdica de la belleza, por los coloridos compuestos que formaban sus sales. Un año después, el químico alemán Friedrich Wöhler comparó muestras del «vanadio» sueco con el «eritronio» mexicano que Del Río había conservado durante tres décadas. Eran el mismo elemento.
Del Río había tenido razón desde 1801. Pero el nombre ya estaba puesto, y la historia de la química ya había decidido a quién recordar.
El elemento que casi lleva su nombre
El vanadio está hoy en el acero de los puentes, en herramientas, en baterías de nueva generación y en las alas de los aviones — es uno de los elementos industriales más importantes del mundo moderno. Casi nadie sabe que un científico radicado en México lo encontró treinta años antes que nadie más, y que fue la duda, no el error, lo único que le costó el crédito. Del Río se naturalizó mexicano y durante más de cinco décadas formó a generaciones de ingenieros de minas en el Colegio de Minería. Murió en la Ciudad de México en 1849, sin ver reconocido en vida lo que había encontrado en un mineral de las minas de Zimapán, Virreinato de Nueva España, en lo que ahora es el estado de Hidalgo, México.