La fecha
Octubre de 1913. México vivía bajo un gobierno nacido de un crimen: Victoriano Huerta había llegado al poder sobre el asesinato del presidente Madero. En el Senado, casi todos callaban. Un médico de provincia decidió no hacerlo.
El lugar
Belisario Domínguez Palencia nació en 1863 en Comitán, Chiapas, en la frontera sur del país. Estudió medicina en París y pudo quedarse en Europa; volvió a su pueblo a curar a quien no podía pagar. De ahí salió, ya maduro, hacia la tribuna más alta de la República: el Senado, en la Ciudad de México. Entre la botica de Comitán y el salón del Congreso cabe entera la distancia que recorrió para llegar a su única, definitiva desobediencia.
La representación nacional debe deponer de la presidencia de la República a don Victoriano Huerta, por ser él contra quien protestan con mucha razón todos nuestros hermanos alzados en armas.
Los hechos
Domínguez escribió un discurso para denunciar a Huerta ante el Senado. Pidió leerlo en voz alta; la presidencia de la cámara, temerosa, se lo negó. No se rindió: mandó imprimir el texto y lo hizo circular de mano en mano. En él acusaba al gobierno de mentir al país sobre una guerra que no terminaba, y le exigía al Senado el coraje de destituir al usurpador para devolverle la paz a México.
La respuesta del poder fue la noche. El 7 de octubre de 1913, hombres de Huerta lo sacaron del lugar donde se hospedaba en la Ciudad de México y lo asesinaron. Como advertencia para los que aún se atrevieran a hablar, le cortaron la lengua. Tres días después, Huerta disolvió el Congreso y encarceló a más de cien legisladores: el silencio, esta vez, se impuso a la fuerza.
El legado
En 1953, el Senado de la República instituyó la Medalla Belisario Domínguez: la condecoración más alta que otorga el Estado mexicano, reservada a quienes han servido a la patria con eminencia. Cada año, el país entrega ese honor en nombre de un hombre al que el poder quiso callar. Su lengua cortada se volvió, con el tiempo, el símbolo exacto de lo contrario: la palabra que ningún gobierno logró silenciar.
Por qué nadie lo conoce
Su nombre se pronuncia cada año en la ceremonia más solemne del Senado, y aun así casi nadie sabe quién fue. Recordamos la medalla; olvidamos al hombre. Belisario Domínguez no tiene estatua en la plaza de ningún pueblo grande, no aparece en los billetes, no da nombre a las grandes avenidas. Le dimos el más alto de los honores y, a cambio, le quitamos la memoria. Este expediente existe para devolvérsela.